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Categoría: Política Económica

El problema de la intervención de los mercados financieros

Este artículo fue recientemente publicado en el número 35 - enero de 2012- de Asocia, la revista de la Asociación de Antiguos Alumnos del Centro de Estudios Garrigues donde han tenido la amabilidad de invitarme a colaborar.

Una de las principales nociones que tenemos del sistema actual es que vivimos en un mercado libre. En este mercado, tanto empresas como familias, llegan a un acuerdo para determinar los precios de los bienes o servicios que uno desea prestar para satisfacer las necesidades del otro. Por ejemplo, si un empresario hostelero quiere cobrar cincuenta euros por un café, serán pocos -o ninguno- los que vayan a consumir a su cafetería y acabará en bancarrota. Por el contrario, si el cliente desea pagar diez céntimos por un café, el empresario no estará dispuesto a servírselo porque con ello tampoco podrá mantener su negocio, por mucha gente que vaya. Entre ambas partes deberán llegar a un equilibrio en el que ambos estén satisfechos por el intercambio de café por euros.

Este proceso, el de un mercado libre en el que los oferentes y los demandantes llegan a un acuerdo en precios, se puede observar en la gran mayoría de los productos y servicios. De esta afirmación se desprende que, por la propia curiosidad inherente al ser humano, nos hagamos la siguiente pregunta: ¿y cuáles son los “mercados” en los que no existe tal fijación de precios por parte de los individuos? La respuesta es sencilla: los “mercados intervenidos por el sector público”.

Sin entrar en detalles de cuáles son estos mercados, me gustaría centrar la idea en uno que nos atañe a todos y cuya intervención tiene unas consecuencias más que nocivas: el precio del dinero. Aunque éste no es un bien en sí mismo, se trata de una herramienta imprescindible para el intercambio de bienes y servicios -sin dinero sería prácticamente imposible realizar cualquier tipo de intercambio y, para poder hacerlo, deberíamos volver a la sociedad del trueque. Pero el precio del dinero está totalmente alterado y perturbado por las llamadas autoridades monetarias: Banco Central Europeo, Reserva Federal, Banco de Inglaterra, etc. Estas autoridades, de manera independiente y siguiendo un mandato de estabilidad de precios, o crecimiento económico y creación de empleo en algunos casos, deciden qué precio –tipo de interés- debe tener el dinero y qué cantidad del mismo debe circular. Intervenir los mercados puede parecer algo trivial e incluso necesario desde el punto de vista de la economía keynesiana. Sin embargo, dado que las autoridades también cometen errores, la historia nos muestra que los mercados intervenidos son ineficientes, crean situaciones insostenibles y, finalmente, fracasan en un objetivo: que unos oferentes, los empresarios, satisfagan las necesidades de los demandantes, las familias.

Algunos no estarán de acuerdo con estas palabras, algo totalmente legítimo y saludable con el fin de que se genere un debate constructivo que nos lleve a encontrar mejores soluciones a los problemas actuales. Pero si extraemos las tres ideas principales -ineficiencia, insostenibilidad y fracaso- y las aplicamos al mercado financiero intervenido en el que hemos vivido los últimos años, será muy difícil negar, independientemente de la aproximación de cada escuela económica, que por desgracia encajan perfectamente en la situación desde el comienzo de la crisis, o por lo menos desde la percepción de la misma. Y hago esta matización porque, aunque muchos consideran que el comienzo de la crisis fue la caída de Lehman Brothers en septiembre de 2008, o que incluso el primer aviso fue en los mercados bursátiles un año antes en el verano de 2007, estos acontecimientos simplemente son la consecuencia del problema subyacente y que empezó muchísimo antes con la intervención sistemática y corrosiva del mercado financiero por parte de las autoridades monetarias. Vamos a explicar el porqué.

Los banqueros centrales siempre han tenido el impulso de que, para atajar las crisis económicas, la solución era una política monetaria expansiva que generase más dinero y de esta forma impulsase la economía. Este efecto se puede conseguir de dos maneras; la primera de ellas, a través de la impresión de dinero nuevo para que se lleven a cabo nuevos proyectos aumentando la demanda agregada. El problema de estas políticas es que ese nuevo dinero que se imprime no está respaldado por una riqueza real. Pongamos un ejemplo, supongamos que el total de la economía estuviese formado por diez casas cuyo valor conjunto fuese cien euros (diez euros por casa). Si de repente imprimimos más dinero hasta un total de ciento cincuenta euros, el precio de las diez casas subirá hasta quince euros cada una, debido al aumento de la demanda por el incremento del dinero disponible. Pero las casas seguirán siendo exactamente las mismas. Lo único que hemos hecho ha sido aumentar ficticiamente sus precios.

La política monetaria expansiva continúa con la reducción del precio del dinero, es decir, bajando los tipos de interés. Lo que indican estos tipos, al fin y al cabo, es “por cuánto estaríamos dispuestos a dejar de tener hoy nuestro dinero a cambio de una mayor cantidad en el futuro”, es decir, cuánto estaríamos dispuestos a cobrar por prestar nuestro dinero. O visto de otra manera, “cuánto dinero estaríamos dispuestos a dar en el futuro por disponer de una cantidad de dinero hoy”, en definitiva, cuánto estaríamos dispuestos a pagar porque nos presten ese dinero. Y, en el fondo, esto no difiere tanto del ejemplo de la taza de café, con la salvedad de que el precio de esta taza de café -el dinero- está altamente condicionado por unas políticas monetarias que tratan de cumplir unos objetivos demasiado cortoplacistas, en vez de tener una visión mucho más próspera y de creación de valor a largo plazo.

Desde la segunda mitad de la década de los noventa, la Reserva Federal ha llevado a cabo una serie de políticas económicas que, en un primer momento, supusieron un aumento importante en la impresión de dinero y, posteriormente, unos tipos de interés muy bajos. Por otro lado, con la entrada en funcionamiento de la Unión Económica y Monetaria en la Unión Europea, la tendencia y convergencia de todos los países a asemejar sus políticas monetarias con las del Bundesbank -que históricamente había tenido unos tipos de interés bajos-, no concordaba con las estructuras productivas de los países de la Unión, creando distorsiones en el mercado cuyas consecuencias aún estamos sufriendo.

Por todo ello, tras el pinchazo en 2001 de las “punto com” y las política de gasto y expansión monetaria que conllevaron los atentados del 11-S, el precio del dinero -es decir los tipos de interés- fue muy bajo. En consecuencia, la gente no tuvo tanta ilusión en prestar dinero, ya que los intereses que recibirían serían muy reducidos. Por el contrario, preferían pedir prestado y devolverlo un tiempo más tarde, dado que tendrían que pagar pocos intereses. Esto hizo que el consumo aumentase, pero a cambio de contraer unas deudas que deberían ser devueltas con la producción futura.

En otras palabras, nuestra sociedad ha consumido en el pasado a cambio de dejar de consumir en el presente. La crisis actual viene motivada por una caída espectacular del consumo, porque lo que las familias están generando lo tienen que destinar a pagar las deudas que han sido contraídas en el pasado para comprar la casa, adquirir un coche o irse de vacaciones. Y en el sector público no hay tanta diferencia. La deuda que se emitió para llevar a cabo los planes de gasto efectuados desde 1995 hay que devolverla, y para ello tendremos que dejar de gastar en otras cosas, todo esto unido a que ahora el Estado recauda menos por la baja actividad económica (caída del PIB, alto desempleo, etc.)

En definitiva, los bienes y servicios que se han consumido en el pasado a cambio de la emisión de deuda, hay que pagarlos con la producción del presente, y eso solo se puede hacer con unas acciones -tanto a nivel nacional como dentro del ámbito familiar- que requieren una gran cantidad de esfuerzo y sacrificio. Un esfuerzo y un sacrificio que deben ir acompañados de unas políticas económicas muchísimo menos intervencionistas, que dejen decidir a las personas cuánto están dispuestos a cobrar o a pagar por taza de café o por el dinero. El debate está servido.

JP.

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10 razones de alegrarse cuando te despiden

El otro día me llegó vía twitter un enlace a esta peculiar entrada escrita por el trader contrarian Hugo Ferrer (@ContraInvest), fundador de de Ferrer Invest.

Sin querer hacer un spoiler del contenido, el artículo es la respuesta a un trabajador que se quejaba de que probablemente lo fuesen a despedir. Ferrer aboga en sacar partido a esta desgracia y convertirla en una oportunidad, por las siguientes 10 contundentes razones que desarrolla en su artículo y cuya lectura recomiendo:

"

  1. Tener un trabajo es la peor forma para ganarse la vida
  2. Tener un trabajo limita tus posibilidades de adquirir experiencia
  3. Tener un trabajo es dejarse domesticar para toda la vida
  4. Es el ingreso con mayor "mordida" de todos
  5. Tener un trabajo supone demasiado riesgo
  6. Buscar un trabajo es como un cordero que busca que le pongan una correa
  7. Cuando tienes un trabajo y quieres más dinero, tienes que mendigar
  8. Tener un trabajo limita tu experiencia social
  9. Tener un trabajo es perder la libertad
  10. Tener un trabajo te convierte en un cobarde y un quejica
"
Espero que les guste y que, estando más o menos de acuerdo con la tesis defendida por el autor, sirva por lo menos para invitar a la reflexión sobre la situación personal y laboral, aunque finalmente no se transforme en ningún cambio sustancial.
JP.

 

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La trinidad imposible

Hoy me gustaría hablar de un concepto económico conocido como la Trinidad Imposible (aunque también la he visto nombrada como la tríada imposible). Básicamente se basa en que, en la fijación de las políticas económicas, existen tres objetivos que no se pueden cumplir simultáneamente. Solo es posible cumplir dos. Estos tres objetivos son los siguientes:

  • Libertad en en la circulación de capitales: es decir, que el capital pueda entrar y salir libremente de una economía sin restricciones
  • Política monetaria independiente: mantener la base monetaria que desee la autoridad competente en la materia (Bancos Centrales, Reserva Federal, etc.)
  • Estabilidad cambiara: un tipo de cambio fijo de la moneda local con respecto al resto de divisas

Analicemos ahora por qué es imposible conseguir los tres objetivos a la vez. Supongamos, en primer lugar, que un país desea tener una política económica que implique libertad de capitales y política monetaria independiente. En ese caso, para que se cumpla el requisito de libertad de capitales, la moneda local se debería poder cambiar en cualquier momento, bien sea comprando o vendiendo divisas. Sin embargo, puesto que la autoridad monetaria desea mantener su base monetaria independiente, no podrá intervenir en dicho mercado y, por lo tanto, el tipo de cambio de la divisas fluctuará libremente -dos de tres objetivos cumplidos. Este es el caso de las economías occidentales, como la Zona Euro, Estados Unidos, Inglaterra...

Supongamos, en segundo lugar, que un país desea tener una libre entrada y salida de capitales y al mismo tiempo poseer un tipo de cambio fijo. La única manera de que los operadores puedan comprar y vender la moneda con respecto al resto de divisas es que exista algún agente del mercado que esté dispuesto a comprar y vender a ese precio, es decir, que intervenga el mercado. Este agente debe ser, necesariamente, la autoridad monetaria que a través de la emisión o compra de la moneda en el mercado de divisas aumentará o reducirá la base monetaria -dos de tres objetivos cumplidos. Este es el caso de China, que en su apertura hacia el capitalismo ha decidido dejar un tipo de cambio fijo, siendo el Banco Popular Chino quien suministra liquidez en el mercado. Dado que todo el mundo está comprando yuanes (principalmente, Estados Unidos) el Banco Popular Chino está acumulado una ingente cantidad de divisas.

Por último, supongamos que un país intenta tener una política monetaria independiente y un tipo de cambio fijo. Al no haber una autoridad monetaria que aportase liquidez a la moneda local en el mercado de divisas, tan solo podría entrar o salir capital de la economía cuando otros dos agentes se pusiesen de acuerdo en dicho tipo de cambio prefijado, limitando, de esta manera la entrada y salida de capital -dos de tres objetivos cumplidos. Si no existiesen esos dos agentes que llegan a un acuerdo en el precio de la divisa, estaríamos hablando de una economía autárquica. Además, no tendría sentido un tipo de cambio flexible en un país que no dejase entrar y salir al capital libremente. Por otro lado, estar cerrado al comercio internacional significaría que ese país debería autoabastecerse, tanto desde el punto de vista de subsistencia como de progreso tecnológico. Este cierre llevaría implícito un retraso significativo con el resto de países del mundo, como ha sucedido en economías cerradas como otrora la china, la española durante el franquismo o el comunismo cubano o norcoreano.

Que cada país o economía decida que dos objetivos desea cumplir. Personalmente, prefiero el primer caso.

JP.

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